domingo, 5 de octubre de 2014

Aventuras por los tejados - El Botis Cromático en El Universal


Los fenómenos de la naturaleza  son, fueron y serán completamente independientes de la voluntad humana. Sin embargo, comparten con ella algunos de sus rasgos más singulares, por más extraño que resulte. Hablo del capricho. Hablo del frío y de la lluvia un jueves de primavera en la ciudad autónoma de Buenos Aires. Capricho de que llueva durante días, en esos días en los que las humanas estadísticas pronostican sol. Y amor. Que aunque no lo veamos, siempre está. En ese marco de extraña comunión entre lo humano y lo salvaje, el Botis Cromático cerró el catálogo de presentaciones de su show “El gato con Botis”. Aventura músico-estroboscópica co-protagonizada por Julián Gándara en cello, teclados y magia.

El Universal fue, una vez más, la pista elegida para que la nave cromática aterrice junto a los sortilegios estratégicamente preparados para este viaje. Despuntan los primeros acordes y es inmediata la metamorfosis del entorno. Ya no es esta ciudad, ni este país, ni es este mundo. Estamos en el universo de Botis, en ese laberinto que despliega y se enrienda entre canciones y sonidos e historias que van encerrándose unas a otras, en espiral ascendente. No es sólo una melodía y su letra, es la creatividad puesta al servicio del que esté listo para esta expedición.

Botis toca, y no es sólo jugar con las cuerdas, es su habilidad para valerse del entorno y crear una fábula que cobra vida en ese preciso momento, y que es única e irrepetible, e hizo de cada aventura en el tejado una travesía singular. Botis canta, pero es un juego de palabras que se da entre un tema y otro, es eso que excede a la lista que está escrita pero que jamás quedará claro si se respeta. Artesano del discurso, transforma en mensaje la risa que provoca un dragón en nuestra época. Una mirada reflexiva que se esconde debajo de un sombrero que casi tapa por completo sus ojos inmensos, profundos, oscuros pero transparentes.

Su inventiva no tiene límites, y presenta un adminículo acompañado de una parábola para invocar al gato, pero que el llamado sea lo más argento que se pueda. Se calza la máscara del espíritu del monte para entrar en clima. “El Umbral” pegadita a “Niño” y cuando estamos por sucumbir en el mundo onírico que nos propone, llega del mismo dúo lo que ahora es “una banda de heavy mental” de one-hit wonder en el que explica qué hacer con un dragón nacido en pleno siglo XXI. Le pide al gato que ponga garra, y cuelga del cello el respectivo utensilio. “Tenemos dos cumbias”, anuncia. Y sabemos qué esperar cuando confiesa en clave rallador que los mató por amor o expresa su enamoramiento en jerga obrero de la construcción. Llega la hora de la desprogramación, con un Robotis con la voz de fonito y que es un autómata azulado por encima de su cabeza. Prende la máquina del tiempo con esa llama que hace perdurar un rato más el viaje ancestral. Afinador orgánico, dos orejas gigantes. “Tumbas del amor”, y se van con una de Megadeth justo antes de blanquear la propuesta: volver al niño que somos, divertirnos y disfrutar, mirar con los ojos de la curiosidad y la sabiduría de la intuición.

Todo esto, condensando en apenas un rato. Ahora, toca volver. Desandar el laberinto. Aceptar la contradicción, y en la compañía de lo que no fue despojarse del bien, despojarse del mal y saber que existe un lugar donde mueren las nociones, nacen los sentidos. Poder volver ahí, acá, a estas canciones que hacen creer que las fábulas de las alas nunca descansarán. 

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