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martes, 27 de agosto de 2013

¡Qué viva la poesía!


Revivir por una noche ¡Qué viva la poesía! y que el regreso esté a cargo de la música. Suena a un plan perfecto. Puestas todas las expectativas en eso, es difícil no temer que la realidad no alcance. Pero no es esta la primera vez, y todo lo que sucede en Dadá este aturdido viernes de invierno supera a la ficción que mi mente armó. Grullas cuelgan del techo, analogía de la libertad que encierra el papel cuando la tinta lo alza en vuelo. Bajan la luz, y el lugar se vuelve intimidad. Y seguido pienso que de eso se puede tratar la poesía, traducir la intimidad y el día a día en un verso.

Arranca Walter Lezcano, y pasa de un poema a otro sin dar tregua, mientras el imaginario se destruye de a poco, y se congela el alma de la forma en la que cuenta la cotidianidad en prosa, cruda desde el reverso al verso. Leandro Gabilondo lee: “parece poesía, pero es tiempo”. No podría decir de sus textos nada que no esté contenido en sus propias líneas. Julia Gonzalez arranca con un himno, “No me anotes en tu lista de prensa”. Todos hits, como alguien que lee y rompe los estándares del ranking. Así es la poesía de Julia, un huracán que todo lo destruirá, y no es el único en esta noche.

El Conventillo Espacial ya despuntó los primeros acordes, la música libera. Sintetizadores, guitarras y loops. La energía va creciendo hasta volverse mantra, y baja del escenario a las mesas. El sonido viento-metal llega desde el fondo, sorpresa que hipnotiza las orejas. Experimental, íntimo y cercano. Así suena el trío que se entiende con mirarse, guiño del que sabe improvisar y comandar la ola de sensaciones que sus canciones van despertando. El tiempo vuela, el final llega. Y este espacio que se abrió camino calienta hasta que de nuevo llegue la primavera.

viernes, 5 de abril de 2013

Pasado por agua - Dadá



Si bien el termo se transformó en burbuja, si me quedo inmóvil y ajena al universo circundante voy a continuar viviendo sólo y sola en munditos infimitos, y me va a volver a suceder esto de salir poco preparada para enfrentar la vida real, la lluvia irrefrenable. Pero no, de cuerpito gentil y zancos exagerados salgo nomás a desafiar al dios del agua. Un tropezón no es caída, perdemos la batalla por la tierra seca en Palermo, ajustamos el GPS y al centro porteño, porque tanta pompa no se va a volver a la guarida así sin más. Dadá, agarrate que allá vamos!

Sorteamos con gracia y éxito aguaceros que contratacan por todos los flancos, cruzamos la puerta y, para sorpresa mía, apenas si queda un lugarcito en la barra para recibirnos. Dadá está con su capacidad colmada, pero su clima de amistosa bienvenida enseguida se percibe. Un lugar de reunión, de encuentro, de comunión de amistades, un auténtico sitio atestado de habitués, y ya voy entendiendo porqué: la música es un logro brillante, fomentando ese ambiente de confort tan bien logrado; la atención excelente; la barra un rotundo 10; la ambientación ecléctica pero sin exageraciones ni clichés.  

Un lugar fresco, como esa bocanada que queda flotando en el aire cuando un muchacho bonito pasa por delante con tu perfume favorito, pero te das vuelta y ya es tarde, aunque ese dejo de su aroma resista. Sin duda alguna, un spot en el centro que pasa sin escalas al listado de favoritos.