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miércoles, 17 de julio de 2013

Contrabajos contraatacan – Orquesta Filarmónica de Buenos Aires en La Usina


Sabida es ya mi dificultad para interpretar la GuíaT en los planos que visito casi nunca. Peripecias hasta por fin dar con la combinación Línea B + 152, “pero el que va enfrente, ese, el que está pasando justo ahí”, amable el chofer señala antes de arrancar. Y de la seguridad de llegar con tiempo suficiente para recorrer la expo de Van Gogh a que el tiempo alcance apenas para una foto cayendo del edificio y las peores ubicaciones en el Auditorio de La Usina del Arte.

Cruzo las puertas y ahí está sonando, como un pequeño batallón super entrenado, la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Mientras los miro tocando sus relucientes instrumentos, los pienso como piezas de ajedrez. Cada uno acomodado en su casillero, con pleno conocimiento de los movimientos que le estarán habilitados, conciencia plena de lo que se espera que cada quien dé. La fragilidad del ensamble entre sus jugadas individuales para alcanzar el resultado final. Esa fragilidad es la que emociona, y la potencia del sonido es la que eriza la piel.

Fibras nuevas que vibran cuando los contrabajos atacan, los ojos tratando de distinguir las infinitas cuerdas del arpa. Me deja helada la pregunta absurda, ¿y si uno se equivocara?, la duda se aleja cuando llega la Marcha Nupcial, esa que en estas circunstancias oficia de “una que sepamos todos”. Una sucesión de imágenes se va acumulando en las butacas contiguas, hormigas de frac, desiertos y noches. Claro, también llegan Mickey Mouse, Daisy y Pluto en su versión old school. De este torbellino de vibraciones refinadas al Kentucky en Corrientes por una que chorrea muzza por todos los costados. La versatilidad del sábado, amén. 

lunes, 19 de noviembre de 2012

ARTE: La Usina Del Arte





En el camino de regreso a casa, después de haber visitado La Usina del Arte, en el barrio de La Boca, me quedé tratando de traducir en palabras la sensación que me había dejado esa obra monstruosa de 15.000 metros cuadrados  con ladrillo a la vista, mármol y granito, emplazada en el clásico edificio de la compañía Ítalo Argentina de Electricidad, construido a principios del 1900.

La palabra que primero llegó a mi cabeza fue “argentinidad”. Es una vez más, como el Teatro Colón, como la avenida Rivadavia, como el tren del Fin Del Mundo y el De Las Nubes, una obra bestial, colosal, conmovedora por su inmensidad y algo pretensiosa, claro está. 

La Usina alberga la primera sala sinfónica de la Ciudad con capacidad para 1200 personas, cuyo revestimiento en madera de guatambú es un gusto para los amantes de la arquitectura, y cuenta con otros espacios para espectáculos de danza, exhibiciones de artes plásticas, muestras y exposiciones para diversas intervenciones artísticas.

Recorrer cada uno de sus rincones es un viaje de ensueño, donde se disfruta la fusión de la arquitectura fabril con un diseño moderno e innovador, que permite al visitante anticiparse e imaginar el potencial que encierra este monstruo multicultural.

Cruzo los dedos para que la obra esté definitivamente terminada antes de fin de año, como promete el Gobierno, y que finalmente el arte en todas sus expresiones y en todos sus niveles encuentre un lugar donde expresarse y mostrarnos todo lo que tiene esta Ciudad para dar.

Me quedo, sin embargo, con una pregunta abierta: Será verdaderamente que se abre la oportunidad para que los amantes de la vanguardia y los defensores del under puedan anclar su barca en esta isla y comulguen allí con el arte en todas sus versiones que tanto estiman y asimismo se conviertan  ellos mismos en musas que inspiren más y más espacios para los artistas que nutren la cultura y la convierten en algo vivo?