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viernes, 11 de julio de 2014

Noche fulgurante - Una del Botis en Vuela el Pez


Claro que patria puede ser las veredas de esta ciudad atragantadas a bocinazos y Brasil diciéndonos qué se siente, una victoria en semifinales, las bocacalles bañadas de papelitos y un puñado de artistas homenajeando al Botis. Todo esto junto un 9 de Julio. ¿Y si la independencia fuera la lista de canciones pegada en el piso del escenario de Vuela el Pez?

2 o 3 que me pierdo porque mi reloj es un vendepatria, pero llego justo para cuando Los Camarones Del Aljibe Sin Tiempo versionan “Jazmín”, tema de la mítica Manzana Cromática Protoplasmática en su placa El tren de la Vía Láctea. Y en el piso se ve sólo un jardín y un colibrí. Con amor y respeto pregonan tímidamente un “Vamos Argentina” y el aplauso percusión del público los acompaña en “Barriletes”. Los Camarones transmiten una sensación de como-en-casa, esa que da música nueva, o la vieja reversionada.

Turno de El Plan de la Mariposa, que se inician con una propia “para quitar el miedo escénico” en un escenario que enseguida se comen. Interpretan “Niño” y lo hacen con su sello propio, le dejan marca personal al clásico gigante del Botis. Esa energía tan peculiar que tienen estos hermanos de Necochea queda suspendida en el aire, aunque de “Entrañas” ya haya sonado el último acorde. Ahora suben los Jeites. Voz con guitarra y sin anestesia, interpretando “Confesiones”. El efecto es un flechazo directo al corazón. Ahí arriba no es un músico, es más bien ese fanático que todavía agita para que La Manzana vuelva. Y a ese amor incondicional se suman los que faltan, somos los que estamos, y en un Botis-mode tocan una de Títiroscopio y una propia, que deja los ánimos felices y listos para lo que siga en esta grilla homenaje.   

“Ojalá que esta canción, como un conjuro…” pero no lo digo porque si se cumplió esta vez, puede volver a pasar. Felo Torre nos agarra de la mano y nos conduce por ese bosque estrambótico que habita el agasajado. Versiona sin descuidar el misticismo, camina esos laberintos que se abren cuando el Cromático le pone voz y música a su poesía sobrenatural. “El que la sabe, canta. Y el que no, la aprende que mañana tomamos examen”. Un ET visita la garganta de Feli cuando está honrando a las “Tumbas del amor”, y es un momento hermoso. A pedido del público, que está comiendo de la palma de su mano, nos divierte un ratito más.

Martin Reznik comparte el ¿y cómo se conocieron?, y nos enseña el mejor truco de magia jamás entonado, que es a la vez una verdad absoluta: música cromática = alimento para el corazón. Con su interpretación “Luz semilla” nos abre las venas. Un tema con Manel Onis, y una bellísima versión de “El Umbral” con bajo filarmónico, percusión jeitera y violín mariposero. En ese estado de trance al que invita la música del Botis, así se despiden todos juntos cantando “Niño”, y el estribillo rebota en el público y vuelve. Ojalá vuele y anide en Traslasierra. Porque no son las palabras, es la flecha que te guiará en las tinieblas. 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Como en casa


El último día de la semana, ese en el que cuenta la leyenda que Dios descansó. El anterior a la oficina gris, al silencioso morir en la rutina. Sofar Sounds parece una salida de emergencia viable, y en el barrio de Caballito una casa de ventanas altas nos acoge amorosamente. La puntualidad es rigurosa, y nos deja una única alternativa: apoyar la oreja sobre la mirilla y dejar que la música de James Spaite nos llene el cuerpo de a poquito. Se escuchan los aplausos, llegan oleadas de risas y un ritmo suave que estimula. Su voz mansa, su guitarra dócil y sus canciones folkie ayudan para ir creando una imagen mental de la situación y el lugar.

Finalmente, las puertas se nos abren y es como entrar a la casa de un amigo. Se respira un clima de diversión serena, de templanza y vida estallando en los rincones. Hambre por la melodía, por compartir el sagrado ritual de la música en vivo, al alcance de la mano. No hay distancia entre Hyperpotamus y el público, esa es la intimidad que se propone Sofar y que hace de cada encuentro una comunión. Un chico que sea una orquesta completa en sí mismo. Un español que atraviese el viejo continente para aterrizar en Buenos Aires y loopear sonidos triangulando de la boca al mic al pedal. Un músico que se entregue en cuerpo, y acompañe la melodía de pies a cabeza. Un aplauso cálido, un agradecimiento sentido y la promesa de seguirlo.

El Plan de la Mariposa en plan madera, ese es su desafío y lo superan por mucho. La hermandad traspasa los límites de la sangre, y apenas si caben unos encimados sobre los otros para iniciar el concierto. Sonidos de mar y sal van inundando el lugar, la boca se nos llena del sabor a carcajadas, a aventuras desde la costa hasta la ciudad. Las canciones de “Brote” y “Trance habitante”, las canciones nuevas, todas se amalgaman estupendo para establecer una atmósfera de jolgorio que invita. Los chicos bailan, como si en eso estuviera el secreto. Su cadencia contagia, y  promediando el recital ya no quedan cuerpos quietos en el lugar. Y acompañamos a la mariposa con la cabeza, con los hombros, con lo que no desarticule el rompecabezas que formamos. Como si el cuerpo no pudiera faltar a la cita, este anti-domingo se lleva los oídos atiborrados de melodía y el cuerpo cargado de movimiento. Una alternativa diferente para sobrevivir en la ciudad.