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martes, 9 de junio de 2015

Yo voy atrás de esta fascinación - Nacho y los Caracoles + Los Grillos del Monte en Santos 4040



Los cementerios quizás tengan de curioso estar rodeados de vida. Y la vida tiene tantas formas, que es sencillo distraerse o confundirla. Ver en las avenidas las venas de la ciudad, ver al transporte público como el torrente sanguíneo que transporta personas como si fueran moléculas de oxígeno y carbono. O verlas tal vez como corazones chiquitos que palpitan, todavía vivos, a pesar del ajetreo, a pesar de tanta pesadumbre de semana, de oficina, de vida gris.

Forest fue siempre para mí un bosque, con su natural complejidad laberíntica. Corrientes representa entonces el océano, la mansa calma del eterno retorno, la vida que es el agua. En el barrio de la Chacarita todas estas quimeras confluyen y ahí nomás nace una venita que se llama Santos, y al 4040 un espacio brota dando aire limpio y nuevo para que respire el alma. Esta noche su alimento se servirá en forma de canciones. Esta noche la consigna es respirar música y desarmarse en ella.
No caben más sillas, pero sobran cuerpos. Entonces, nos apretamos porque el show está por comenzar y las luces en Santos 4040 bajan y el sonido sube y la banda llega. Nacho y los Caracoles se duplicó. Cuentan entre sus filas con el teclado de Manuel Toyos, la trompeta de Juanfa Suarez y las cuerdas de Ezequiel Borra. Enchufados, ahora. Presentando canciones de un disco que prometen para prontito, como si el tiempo existiera. Y entonces el reci podría ser un ensayo de presentación de ese álbum, y no hay Río pero sí hay algo extraviado y es el recuerdo lejano de esa fecha en un cuasi sótano de la calle Humahuaca desde donde ahora canta lo perdido. Las canciones llevadas a otra nivel, complejizadas. Me gusta lo nuevo, le doy la bienvenida como a una flor que se abre y en sus pétalos lleva las diferentes capas de sonido. Ok, me han convencido: me subo a su tren!


¿Será que así suenan los bichos cuando se reúnen a cantar todos juntos? Ahora Los Grillos del Monte se acomodan formando una fila, y hombro con hombro asestan la primer canción, la misma que abre su disco homónimo y debut, que bien podría ser su declaración de principios, vengo del monte y al monte me voy para siempre, a cantar. Y desde ahí, desde esa pared similar a la que forma una ola antes de romper, van fluyendo las canciones. Muy similar al show que fuera el de presentación oficial del disco, la energía no decae, el talento es evidente y las sonrisas se contagian de un frente al otro. No descuidan la ocasión de despacharse con una cumbita, y allá en una esquina se arma un micro baile que deriva en trencito. Pero tampoco es cuestión de perder la oportunidad de intimar. Entonces, cuando ya todo parece haber llegado a su fin, se acercan a la primer fila y nos prometen un canto nuevo. Ahora sí: Hasta luego, chau.               

martes, 22 de julio de 2014

Los Grillos del Monte en El Universal



La calidez es independiente de los factores obvios. Por supuesto que no depende de la latitud, porque por estos lares se está muy a gusto mientras los músicos se acomodan. Tampoco de la orientación del relieve, porque el escenario parece corrido de lugar, y sin embargo se ve asomar una llama a punto de encenderse. Mucho menos de las corrientes marinas ni de la dirección de los vientos planetarios, acá late calentito todavía el aire que dejó resonando el folklore que se fue.

En El Universal siempre se está bien. Será el patio que da aire nuevo y fresco, o las sillas dispares que hacen pensar en el jardín interno de la tía Nélida. Será el vino en botella, que después y en el mejor de los casos, va a ser maceta. Serán las ganas de hacer de éste un espacio auténtico, y la eficacia de ese esfuerzo. Estas reflexiones mantienen aislada mi mirada precisa, pero cuando desnudan al contrabajo algo me arrastra hasta el centro del Universo, al punto de percibir el movimiento de nutación justo cuando la oscilación inclina el eje de la Tierra.

Los Grillos del Monte ya están listos, y se largan sin más. Su calidez lo hace parecer un show en el living de tu casa, sólo que esta vez los que tocan son verdaderos instrumentistas, cantautores de la escena independiente que definitivamente saben hacer muy bien lo que hacen. La lista de temas versa en el equilibrio, y además de algunos propios del cuarteto también interpretan algunas canciones de los otros proyectos musicales que los competen. Lo hacen con dinamismo, con la fluidez de los que encontraron en los acordes el camino, con gracia y encanto. Con calidez.

Como una caricia nacida tras las sierras, el cuarteto se fusiona en el punto justo, y el resultado es una porción de canciones exquisitas. Se arriesgan al acústico. Nada enchufado, no los instrumentos, no los cables ahorcándolos. La conexión es más bien invisible, pero tan perceptible y real como el bandoneón de Tomi Lebrero arrugándose y estirándose, como la guitarra del Gnomo con su puente chanfleado, como Faca haciendo percusiones celestiales o la silueta de Jano abrazando el contrabajo. De cuando en vez, cambian de lugar y de instrumento, pero tan armoniosamente que apenas se percibe la traslación del movimiento. Llega el final, la promesa de la pronta edición del disco, la calurosa despedida. La calidez queda en el éter. Yo voy atrás de esa fascinación, yo quiero estar atrás de esta fascinación.